AMA SÚA, AMA LLULLA, AMA QELLA: CREACIÓN ESPAÑOLA

Mitología y Relidad. Alrededor de los Incas se ha tejido una historia que, incluso hoy, tiene mucho de falsa y falaz.

Según la tradición histórica del Perú, la frase “Ama Súa, Ama Llulla, Ama Qella” fue acuñada por los peruanos prehispánicos para organizar y regular su sociedad.

Así, se considera que la expresión citada forma parte del patrimonio histórico y cultural del país, ya que denota la existencia de tres normas sociales (Literalmente: “No ladrón, No mentiroso, No perezoso”), que dotaron al Imperio Inca de una organización, eficiencia y productividad que, aún hoy, producen admiración y respeto alrededor del mundo.  


Sin embargo, existen las personas que hemos dudado, desde siempre, de la originalidad de esa frase. Personalmente, desde la primera vez que la oí, ésta me sonó a un slogan de opresión, de adoctrinamiento y control social. A una fórmula empleada por los conquistadores para “domesticar” y “apaciguar” a los indios, que no estaban dispuestos a tolerar la destrucción del imperio incaico, ni la erradicación de su cultura ancestral. Por tal motivo, hace algunos años, publiqué un artículo al respecto en un boletín que edité con varios amigos (“Visor: Reflexiones Sobre el Arte y la Historia). A continuación, retomando el tema, me pronunciaré sobre la originalidad de la frase en cuestión, con la finalidad de demostrar que su autoría, supuestamente otorgada a los peruanos prehispánicos, tiene un marcado acento español.


Hay que empezar diciendo que la historia se trabaja en base a documentos y presunciones. En este caso, es necesario averiguar el modo en que los peruanos antiguos organizaron su sociedad y las bases de convivencia sobre las que se establecieron, para conocer si era efectivamente necesario crear una frase como la que se estudia en este artículo. A este respecto, en base a lo redactado por la totalidad de cronistas españoles, se sabe que la sociedad indígena era profundamente moral y que se encontraba cimentada bajo sólidos parámetros de cooperación y colectivismo. El indio, según estas crónicas, trabajaba, asistía a los demás con su trabajo y era una pieza importante de la colectividad.


Murales de historia. Diversos murales de la ciudad del Cusco resaltan la colectividad y el igualitarismo de la cultura incaica.


Por otro lado, los metales preciosos - la riqueza “material” de esta sociedad - no tenían otra finalidad que la ornamental, la decorativa, y, en cuanto al desempeño de la agricultura, nunca se supo de sequías generalizadas que deprimiesen la producción de la tierra o generasen hambrunas entre la población. Asimismo, la propiedad del suelo era colectiva, de no ser por las tierras privadas del Inca, y la organización económica se erigió sobre el concepto del trueque, es decir, sobre la transferencia libre y voluntaria de bienes al interior de un amplio y dinámico mercado que, en todo el Imperio, llegó a contar con la participación de más de 15 millones de personas.  


La sociedad incaica, a pesar de contar con una cierta jerarquía, era sumamente igualitaria. Incluso con los pueblos alejados del Cusco (“los conquistados”), los Incas fueron siempre considerados, respetando su diversidad religiosa (se llevaban deidades de estos pueblos para ser exhibidas en el Cusco) y construyendo caminos que integrasen a estas etnias a los progresos y adelantos técnicos de la civilización andina.


Contrariamente a lo que muchos historiadores han señalado, en el Incanato no existió la esclavitud. Generalmente se dijo que los Yanaconas (siervos de la nobleza, cuidadores de ganado, etc.), eran esclavos, pues estos individuos, en numerosas ocasiones, eran prisioneros de guerra, o personas castigadas por haber cometido alguna falta contra el Inca o la propiedad colectiva.  Sin embargo, los Yanaconas tenían la posibilidad de ascender socialmente y progresar. Por ejemplo, numerosos mandos militares del Imperio fueron Yanaconas (Rumi Ñahui, Challco Chima, entre otros) teniendo acceso ilimitado al Inca y la nobleza. A algunos, incluso, se les encargaba la defensa y gobierno del Imperio en tiempos de emergencia.


Es importante entender que el imperio incaico, a diferencia del romano o el egipcio, no se levantó sobre la explotación servil de los hombres, ni sobre los brazos y músculos de los esclavos. No era esta una sociedad esclavista. Hasta el momento no se ha podido descubrir, en todo el ande, con absoluta certeza histórica, una sola prisión o lugar de tortura en donde se recluyese a los esclavos, o a las personas que mentían, robaban o no trabajaban. Al parecer, y ahí yace la principal riqueza de nuestro acervo histórico, los peruanos originarios edificaron una sociedad equitativa y libre, en la que la Minca (trabajo a favor del ayllu), el Ayni (trabajo de reciprocidad familiar) y la Mita (trabajo a favor del estado), eran las piedras angulares de la organización social.



Indio trabajador. Imágenes tomadas a inicios de siglo XX por Martín Chambi, que vienen a ser las primeras memorias fotográficas de la cultura andina.


¿Qué había que robar en aquella sociedad? Existían provisiones para todos. El trabajo de la agricultura era colectivo y los métodos de irrigación (entre ellos, los andenes) contribuyeron a elevar en gran medida la productividad de la tierra. Por otro lado, las construcciones de piedra incaicas no tenían puertas que cerraban sus aberturas. Ni siquiera las casas de los nobles tenían puertas. En las urbes las construcciones albergaban al pueblo y las puertas permanecían indefectiblemente abiertas. Lo que determinaba la existencia de diferencias sociales – que existían sólo en el caso de la nobleza y el Inca – era la descendencia sanguínea y no las propiedades, ni los bienes, ni el oro.


Debe quedar claro que no estoy afirmando que en aquella época no existieron ladrones, ni criminales, ni asesinos. A lo que voy es que, por lo que se sabe del colectivismo y moralidad de la sociedad incaica, resulta inverosímil creer que los peruanos originarios requerían de una frase agresiva que les exigiera comportarse, o les prohibiera ciertas actitudes que, de antemano, no estaban prestos a cometer.


Por otro lado, ¿por qué habría que ser perezoso? El trabajo en el incanato no tenía carácter remunerativo. Nadie trabajaba para ganar oro, metales preciosos o bienes. Todo se basaba en las prestaciones colectivas. Si uno construía una casa, posteriormente tenía que ayudar a los que lo ayudaron a construirla. Si no lo hacía, uno se convertía en un paria, en un indeseable con el que nadie trabajaría en el futuro.


Es importante entender que sólo las grandes fortalezas y construcciones incaicas fueron levantadas por orden del Inca. Las casas del pueblo, en las grandes ciudades, o en las laderas de los cerros, se construían en base al trabajo cooperativo de las familias y comunidades. Eran ellas las que determinaban su orden monolítico. No existían pues los incentivos que fomentaran la ociosidad. El que se negaba a trabajar no tendría jamás una casa, ni sería cobijado en alguna.


Construcciones Incaicas. Sólo las grandes fortalezas del Inca fueron construidas por su voluntad, mientras que las ciudades se edificaron en base al trabajo cooperativo del pueblo.

Finalmente, ¿A qué patrón, y con qué finalidad se podría mentir? En las sociedades teocentristas, supersticiosas, la mentira no tiene lógica. El centro de la sociedad, el Dios, el Inca, lo sabía y veía todo. La existencia propia del Inca condenaba y prohibía la mentira. No había necesidad de crear alguna frase que la prohibiese. La misma, de por sí, estaba vedada. 


Por otro lado, el fanatismo de los indios hacia la adoración del Inca era extremo. Así, cuando Atahualpa fue apresado en Cajamarca, luego de rechazar de un manotazo la Biblia (no cualquiera podía tocarlo), más de 500 indios lo cubrieron, recibiendo disparos indiscriminados de la mosquetería española. Los europeos, muy sorprendidos y al grito de ¡Santiago!, continuaron abriendo fuego, mientras veían que todos los indios del lugar, incluso los que fungían de traductores a su servicio, interponían sus cuerpos ante los cañonazos con la finalidad de proteger al soberano.



Captura de Atahualpa. Grabado de la época representando la captura de Atahualpa por los españoles en Cajamarca.


Ahora bien, es importante entender que, desde el inicio mismo de la conquista, los peruanos originarios se alzaron contra el despojo, el trabajo forzado, el abuso contra las mujeres, la destrucción de los templos y el asesinato indiscriminado de todo aquél que se resistiese a cambiar de religión y costumbres. La conquista del Perú no fue tarea fácil, ni los españoles sometieron a los Incas mediante el diálogo y la conciliación. Lo que hubo en el Perú fue una cruel guerra civil, desatada entre Huáscar y Atahualpa, que impidió la unidad del imperio en los momentos más críticos de su historia. Tal hecho fue muy bien aprovechado por los ibéricos, que además no perdieron oportunidad de hacer uso de sus armas y su caballería para combatir a todo cuadro incaico que se resistiera a su dominio (sobre los cuadros militares de resistencia incaica, que fueron varios, recomiendo la obra de Juan José Vega, titulada “Los Incas Frente a España – Las Guerras de Resistencia 1531 – 1544”).


A pesar de ello, el esparcimiento de las enfermedades y la superioridad bélica de los españoles determinó que la conquista se ejecutara impetuosa, desatando entre los indios un éxodo masivo, que los llevó a abandonar sus hogares para refugiarse en las junglas y en las altas punas (la existencia de Machu Picchu prueba su huída masiva hacia refugios selváticos que fueren inexpugnables).



Éxodo Andino. Machu Picchu, la fortaleza perdida de los Incas, fue el último refugio de esta civilización ante el avance del dominio español.


No obstante, también existieron indígenas que se quedaron en las ciudades y fueron occidentalizados. Ellos adoptaron una postura de resistencia pasiva, que determinó su conversión al cristianismo y las costumbres europeas. Fue para ellos para quienes se creó la frase en cuestión.


Así pues, cuando los españoles llegaron a territorio incaico, no escucharon el “Ama Súa”, ni fueron saludados con tal frase. Nada de ello está consignado en sus escritos. Fue recién después del choque inicial de civilizaciones que, preocupados por la resistencia pasiva de los naturales, inventaron tal lema como elemento de dominación mental, que debía servir para acelerar el trabajo y promover la veracidad y la honradez en su beneficio.


¿Cómo así? 


El procedimiento consistió en una constante persuasión moralista-religiosa que fue multiplicada por las exitosas campañas de catequización: frailes, curas y seglares, con estudiadas maneras de sugestión, llegaron hasta los escondrijos de los indios reaccionarios, repitiendo hasta el cansancio el “Ama Súa” para conquistar sus espíritus y poder así cristianizarlos y someterlos a los designios del monarca español.


El estado policial, absoluto, que nació con el virreinato, procuró repetir la frase en todo sitio, convirtiéndola en el lema por antonomasia de los españoles. De tal manera, la misma era comunicada a los indios por todas las autoridades; incluso se ordenó que en el trato familiar de ellos se repitiera la frase aludida, a manera de saludo y despedida: el interlocutor, al que se dirigía la expresión, debía contestar “Qanpas Hinallataq” o, en español, “Tú, de igual manera”.


Es importante conocer la realidad: en el incanato, la existencia del “Ama Súa” carecía de lógica. Simplemente no existía motivo para que una persona le increpara a otra que no mienta, ni que fuere trabajador o veraz: sólo se le puede reclamar que no sea ladrón al que lo es, así como se puede exigir laboriosidad al ocioso u honestidad al mentiroso.  


Pero, muy aparte del razonamiento lógico sobre la ociosidad, la mentira y el robo en el Incanato ¿acaso, en la práctica y según los españoles, eran los indígenas mentirosos u ociosos o rateros?


Los testimonios legados por los primeros conquistadores responden la pregunta. Por ejemplo, en la carta* que dirigió Hernando Pizarro - hermano de Francisco Pizarro - a la Audienciade Santo Domingo en 1533, un año después del descubrimiento del Imperio Inca, se hace referencia a la sinceridad y bondad de los indios, así como a la precisión de sus mecanismos contables y la estabilidad de sus construcciones; mientras que, ni por asomo, se comenta la existencia del “Ama Súa”.


Heróicos. Diversos españoles condenaron el genocidio que significó la conquista de América. De los que vinieron al Perú, en sus memorias y testamentos, ningunó mencionó la existencia del "Ama Súa".


Asimismo, el testamento de Mancio Sierra de Leguísamo* (1586)  y la obra del sacerdote Cristóbal de Molina* (1535), dan fe de la organización política, el buen gobierno incaico y la moralidad de los peruanos antiguos; moralidad, organización política y cosmovisión cultural que estaba siendo destruida por el trabajo forzado, las reducciones, las encomiendas y la catequización paulatina de la sociedad.


No existe un sólo testimonio español, que date de la época de la conquista, que pruebe la existencia de la frase citada, ni que haga referencia a la misma como regla de convivencia incaica. Por el contrario, existen numerosas pruebas históricas, tales como la explotación laboral, el abuso de las mujeres, la represión de las expresiones culturales andinas, por mencionar sólo algunas, que demuestran que, sólo a partir de la llegada de los ibéricos, se hizo vital para los indígenas el poder mentir, robar y no trabajar.


Después de todo: ¿Cómo no iban a mentir si de ello dependía su vida? ¿Cómo podrían procurarse el alimento de otra forma que no fuere robando los frutos que producía la tierra, ahora de propiedad europea? ¿Cómo estarían prestos a trabajar si ello significaba una muerte segura en las minas?


En fin, es importante que se movilicen los recursos necesarios para dilucidar, definitivamente, el origen de la frase estudiada. La misma, en la actualidad, está inscrita en las construcciones de numerosas instituciones oficiales y los guías de turismo siguen repitiendo que su creación data del período incaico. Asimismo, los jóvenes escolares la siguen estudiando, al momento de repasar sus lecciones sobre el Perú antiguo, sin sospechar que pueden estar releyendo una frase española ideada para subyugar a las sociedades originarias del país. Quién sabe si nosotros, involuntariamente, continuamos eternizando la fórmula de dominación social que emplearon los ibéricos para someter a los peruanos ancestrales.


Entiendo que para algunos éste puede ser un tema intrascendente.


Pero la verdadera independencia del Perú, de la que hablé en artículos anteriores, tiene también que ver con la liberación espiritual de nuestras mentes y la ruptura frontal y decidida de las mentiras históricas que hemos heredado. 


*Testimonios extraídos del artículo publicado por el académico cusqueño Víctor Angles Vargas, en la Revista Universitaria No. 139, de la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco (UNSAAC), titulado “La frase Ama Súa, Ama Llulla, Ama Qella no fue saludo Inca, fue creación de los españoles avecindados en el Perú”.


3 comments:

M男 dijo...

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Quntur dijo...

Es muy interesante la nota amigo...
¿Pero qué hay del Ama Llulla? ¿del No Serás Servil?
Abrazos desde el Qollasullu