Pocas
situaciones exigen mayor pericia que aquellas en las que la mentira y la actuación
se confunden. Donde existe la necesidad imperiosa de brindar una imagen falsa y distinta de lo que realmente se siente. En el plano personal, diría
que no tengo conmigo ese talento de actor hollywoodense, de cínico
macho inescrutable: generalmente, cuando estoy asustado, la gente lo
nota y, en muy pocas ocasiones, he podido pasar desapercibido en momentos de nerviosismo, delatándome casi siempre por mis palabras
vacilantes o por mis acciones contradictorias y apuradas.
Algo
similar me sucede cuando estoy por tomar un avión: en la plataforma de
atención de la aerolínea trato de mostrarme bromista y sereno, pero
acabo pasando por torpe y tartamudo; ya en la sala de espera, aunque
generalmente estoy con los audífonos conectados y el reproductor de música
encendido, un movimiento inconsciente de piernas da cuenta de mi estado perturbado; ni qué decir cuando la compañía aérea ordena finalmente el abordaje: como quien se dirige resignado al cadalso,
levanto mi cuerpo entristecido y camino lentamente hacia el túnel, cabizbajo,
penitente, disfrutando con intensidad cada paso que doy sobre la
superficie terrestre.
En aquel trayecto, moribundo, descorazonado, comienzo a rezar en silencio las
oraciones católicas que aprendí en mi infancia: “Dios te salve, Reina y Madre, Madre de Misericordia, Vida, Dulzura y
Esperanza nuestra (…)”; o me acuerdo de la homilía al Señor de Huanca que le
escuchaba rezar a mi abuela: “Amorosísimo
Jesús, Médico celestial de las almas, que para curar nuestras dolencias en el
lago de tu sangre, derramada al rigor de los azotes, creaste una piscina de
amor y redención (…)”. Pero entre mis rezos atolondrados, los motores
ensordecedores de la nave y el saludo de la aeromoza que se encuentra junto a
la entrada principal, a la cual, evidentemente, quiero darle una impresión de sobriedad refinada, siempre acabo perdiendo la psicológica batalla: aterrado y sudoroso me
apresuro a buscar mi sitio en la extensa pero claustrofóbica cabina. Una vez
que lo encuentro, me siento y no se diga más: jalo el cinturón de seguridad
hasta que a duras penas pueda moverme, cierro los ojos y aguardo el desenlace de mi vida esperando que el mismo me encuentre confesado.
El
miedo al avión no lo tuve desde siempre. Recuerdo una época gloriosa, en la que
todos tenían veinte años, donde me podía subir a cualquier aparato y conversar -
mientras el mismo estaba suspendido en el aire - de un variadísimo número de
asuntos. De tal manera me di el lujo de viajar hasta Alemania, completamente solo,
en un maltrecho avión español, apreciando por la ventanilla los paisajes europeos
que nunca antes había conocido y que destacaban, desde esas alturas estelares,
por su vitalidad verdorosa y sus montañas llenas de bosques.
No
fue hasta que en un fatídico vuelo a Lima, vía Cusco desde Arequipa, le agarré pavor a los aparatos voladores. Al partir, el clima estaba despejado y un sol
absoluto dominaba nuestras altitudes: las condiciones climatológicas no podían
ser mejores para emprender el viaje. Despegamos, en consecuencia, sin complicación y pusimos
rumbo al Cusco atravesando los imponentes volcanes arequipeños. Sin embargo, como a los 25 minutos, la luz que
ingresaba al avión desde sus ventanillas se convirtió en una lúgubre fuente de
oscuridad: nubes negras y tormentosas se presentaron en el trayecto, acompañadas de esporádicos truenos que
cada tanto hacían retumbar el avión.
Todo empeoró cuando emprendimos el descenso sobre la ciudad imperial: al cabo de unos minutos, la nave comenzó a ser sacudida por una turbulencia inusual y la visibilidad exterior permanecía nula. De pronto, en un instante súbito, los motores del misil volador en que viajaba aumentaron
tremendamente su potencia y el avión comenzó a escalar con fulminante energía:
no habíamos podido aterrizar y tocaba ahora ascender de la tormenta.
Ya
en las alturas, fuera de todas las nubes oscuras que dominaban el ombligo de la
nave, el piloto se aprestó a decirnos que las condiciones meteorológicas no
eran las mejores y que estaba esperando órdenes desde Lima para proceder: o
intentaba aterrizar de nuevo o ponía rumbo a la capital en desmedro del grupo
de pasajeros que tenía que desembarcar en el Cusco.
En
esos momentos me sentí presa de un pánico que jamás había experimentado y que me
exigía bajar del avión de inmediato, so pena de que me dé un patatús cardiaco o
algo por el estilo. Fue precisamente la sensación de no tener escape y de
estar en esa prisión aérea – entonces – contra mi voluntad la que me hizo agarrarle
miedo al avión. Para colmo de males, y ante los reclamos de los pasajeros que
debían arribar al Cusco, quienes exigían que el avión aterrice en medio de la
borrasca, el piloto volvió a intentar el descenso con el mismo resultado. Para
entonces, yo había perdido el dominio completo de mis extremidades y estaba
literalmente desparramado sobre el asiento, intentando rezarle al Señor de
Huanca y a la Virgen de Chapi plegarias contradictorias mientras el avión se
zarandeaba con una fuerza espeluznante y luchaba por ascender nuevamente a las
alturas llenas de luz.
Desde
aquella ocasión juré nunca más subirme a un avión. Evidentemente mis
amigos, mis padres, mi hermana y mi
novia han intentado convencerme de lo contrario. Y en parte lo han conseguido.
Pero – valgan verdades - en ocasiones los consejos para superar este trauma pueden terminar expandiéndolo.
Para muestra un botón: los consejos que mi madre utiliza para estos efectos están basados en una estrategia religiosa que no destaca precisamente por su modernidad psicológica: “esos miedos los tienes porque haz descuidado tu parte espiritual hijito, nada más encomiéndate a Dios cuando estés en el avión y verás como viajas tranquilo”. No es que su consejo tenga algo de malo (todo lo contrario), pero la idea de encomendarle mi alma a Dios podría resultar un tanto dramática antes de subirme a un medio de transporte que se jacta de su absoluta seguridad: ¿Qué tranquilidad podría brindarme el encomendar mi espíritu a Dios, o mejor dicho el de pretender los Santos Óleos antes de dispararme hacia el cielo a 800 kilómetros por hora? Además, para aplicar esta estrategia uno tiene que ser profundamente religioso: yo creo en Dios, trato de ser un cristiano honesto pero rara vez visito la Iglesia; mi madre, por el contrario, se rezó impávida dos rosarios seguidos en su último vuelo.
Mi padre, en cambio, intenta lidiar con mi fobia desde sus cualidades de marketero convincente. Me ha narrado, con tal finalidad, y en más de una ocasión, su anécdota de un turbulento vuelo nocturno que hizo a Arequipa hace algunos años. La historia es como sigue: cuando el inestable aparato hubo alcanzado su altitud crucero, mi papá fue invitado a conocer la cabina de mando (el capitán era un conocido suyo): grande fue su sorpresa cuando encontró a los dos pilotos bebiendo café y leyendo el diario en plena tormenta. Debo confesar que esta anécdota hizo mucho para tranquilizarme por un tiempo, hasta que me enteré de la parte oculta del relato: este conocido de mi padre se estrelló al poco tiempo en otro vuelo de la misma aerolínea.
Para muestra un botón: los consejos que mi madre utiliza para estos efectos están basados en una estrategia religiosa que no destaca precisamente por su modernidad psicológica: “esos miedos los tienes porque haz descuidado tu parte espiritual hijito, nada más encomiéndate a Dios cuando estés en el avión y verás como viajas tranquilo”. No es que su consejo tenga algo de malo (todo lo contrario), pero la idea de encomendarle mi alma a Dios podría resultar un tanto dramática antes de subirme a un medio de transporte que se jacta de su absoluta seguridad: ¿Qué tranquilidad podría brindarme el encomendar mi espíritu a Dios, o mejor dicho el de pretender los Santos Óleos antes de dispararme hacia el cielo a 800 kilómetros por hora? Además, para aplicar esta estrategia uno tiene que ser profundamente religioso: yo creo en Dios, trato de ser un cristiano honesto pero rara vez visito la Iglesia; mi madre, por el contrario, se rezó impávida dos rosarios seguidos en su último vuelo.
Mi padre, en cambio, intenta lidiar con mi fobia desde sus cualidades de marketero convincente. Me ha narrado, con tal finalidad, y en más de una ocasión, su anécdota de un turbulento vuelo nocturno que hizo a Arequipa hace algunos años. La historia es como sigue: cuando el inestable aparato hubo alcanzado su altitud crucero, mi papá fue invitado a conocer la cabina de mando (el capitán era un conocido suyo): grande fue su sorpresa cuando encontró a los dos pilotos bebiendo café y leyendo el diario en plena tormenta. Debo confesar que esta anécdota hizo mucho para tranquilizarme por un tiempo, hasta que me enteré de la parte oculta del relato: este conocido de mi padre se estrelló al poco tiempo en otro vuelo de la misma aerolínea.
Así
pues, no tengo temor de confesar, y a mucha honra lo hago, que le tengo miedo
al avión. Pero así como me dirijo hacia el abordaje apesadumbrado, como el prisionero de guerra que marcha contrito hacia su cautiverio infeliz, una inmensa alegría me embarga cuando el
avión toca tierra y se detiene en su lugar de aparcamiento. Entonces, mi cuerpo
experimenta un éxtasis inigualable en el que la tranquilidad que dejé suspendida en tierra
ingresa de nuevo a mi alma devolviéndome felicidad y sosiego en estado puro.
Finalmente, dado lo intrínsecamente humano del miedo a volar, he de agregar que yo no me creo el cuento de los que se ufanan de tener instintos voladores, de los que pretenden hacernos creer que ni siquiera experimentan una leve incomodidad al subirse a un avión. Si no que lo diga mi primo Patricio, experimentado volador trasatlántico radicado en Madrid, quien hacía gala de una tranquilidad impresionante en el último vuelo que tuvimos juntos desde Arequipa hacia Lima (y quien además niega rotundamente tener el más mínimo miedo a volar).
Finalmente, dado lo intrínsecamente humano del miedo a volar, he de agregar que yo no me creo el cuento de los que se ufanan de tener instintos voladores, de los que pretenden hacernos creer que ni siquiera experimentan una leve incomodidad al subirse a un avión. Si no que lo diga mi primo Patricio, experimentado volador trasatlántico radicado en Madrid, quien hacía gala de una tranquilidad impresionante en el último vuelo que tuvimos juntos desde Arequipa hacia Lima (y quien además niega rotundamente tener el más mínimo miedo a volar).
Marchaba él impasible hacia el abordaje hasta que, en un momento de debilidad natural, me dijo a baja voz antes de entrar al avión: “viejo, la verdad que a mi lo único que me disgusta de esta vaina es el despegue”.
Una foto tomada en un cumpleaños de hace 4 años. Mi primo Patricio, su hermano Bruno y yo.
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